Anexo 324 Capítulo X La virtud de la compasión de la Virgen, es la décima virtud mencionada en el Evangelio, que deben poseer y cultivar de tres maneras a imitación de la Virgen. La Virgen María siempre ha sido la Madre Dolorosa llena de compasión por la muerte de su Hijo, y para agradar a Dios por ser compasiva y sufriente con su Hijo, ella pensaba, hablaba y actuaba de la siguiente manera: reflexionaba a menudo sobre las palabras de Simeón: “Una espada te atravesará el corazón” [Lc 2, 35]. Estuvo junto a la cruz de su Hijo agonizante [cf. Jn 19, 25], meditaba a menudo sus heridas y visitaba continuamente las estaciones de [Su] Pasión. Según el ejemplo y a imitación de la Virgen, las almas consagradas para agradar a Cristo, deben llevar siempre una gavilla de mirra en el corazón. Esta décima virtud de la Cruz es la última y definitiva, porque en ésta, mientras vivamos en este valle de lágrimas, consiste la perfección de nuestras almas. Por tanto, para poseer esta gracia de la Cruz o de compasión por el Crucificado y Su Virgen Madre, consideren que esta gracia no se encuentra en la tierra de aquellos que viven una vida despreocupada [cf. Job 28, 13]. Así el alma que desee alcanzar esta virtud deberá vivir una vida sobria y de abstinencia, y buscar el consuelo sólo en su Amado; y para que pueda ser reflejo de la muerte de su Amado hasta en sus vestiduras, que mortifique su cuerpo y lo vista atuendos ásperos y pobres. En cuanto a la abstinencia, los miembros de esta Orden deberán ayunar, además de las vigilias usuales, los días de abstinencia y la Cuaresma de la Iglesia, durante toda su vida también todos los viernes y sábados, porque la Virgen también estuvo de luto y en mayor sufrimiento durante esos dos días. Sin embargo, aquellas personas que deseen ayunar durante el Adviento, con permiso previamente obtenido, sean bendecidas por Cristo el Señor y por Su Virgen Madre.
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