Carta del Superior General 73 Inmaculada Concepción es un don de Dios a María, al mundo y, de modo especial, a nuestra comunidad religiosa. Es un misterio que apenas empezamos a apreciar y comprender. Cada uno de nosotros se enfrenta a la tarea de descubrir a lo largo de nuestra vida los tesoros que encierra este misterio. María desea conducir a cada uno de nosotros por el camino pascual de Cristo hacia nuestro destino, como lo hizo con nuestro santo Padre Fundador y el Beato Jorge, nuestro Renovador. Ella mostró a los mártires Marianos de Rosica, Beatos Antonio y Jorge, cómo debían permanecer fieles hasta el final. A medida que descubrimos las profundidades de este misterio, continuaremos descubriendo cada vez más plenamente nuestra identidad mariana. Nuestro Fundador consideraba el uso del hábito blanco, elemento importante de la identidad mariana. Él deseaba llevar el hábito blanco cuando profesó su Oblatio en 1670, pero no fue posible. Solo pudo usarlo el 15 de septiembre de 1671, tras haber recibido permiso de las autoridades eclesiásticas. En una ocasión declaró, “Todos estos vestirán en blanco, en honor a blancura resplandeciente de la Madre de Dios” (Norma Vitæ, IV, 4). En este Capítulo General, también se introdujeron algunos cambios a las Constituciones y el Directorio, especialmente con respecto a la formación, estructura y gobierno. Estamos incluyendo, además, por primera vez en nuestra historia, interpretaciones de las Constituciones y el Directorio en el apéndice. Estas son de acuerdo con las Constituciones núm. 306, que establece que la más alta autoridad en la Congregación para interpretar las Constituciones y el Directorio, ordinariamente pertenece al Concilio General actuando en colegialidad, y en situaciones extraordinarias, al Capítulo General. Por tanto, actuando en acuerdo con el derecho eclesiástico (Canon 8 del Código de Derecho Canónico), yo promulgo la presente edición de las Constituciones y Directorio de nuestra Congregación. Como declaramos en el preámbulo de las Constituciones, que cada uno de nosotros las adoptemos como nuestra regla de vida y nuestro modo de vivir el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Que todos crezcamos en santidad por la intercesión de la Santísima Virgen María, Inmaculadamente
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