Prefacio ¡Oh almas más queridas, especialmente las dedicadas al honor de la Madre de Dios! Conviene que especialmente y, sobre todo, tengan a la Virgen delante de sus ojos, dirigiendo sus pensamientos y con sus miradas en ella, como los Magos [se fijaron] en la estrella [cf. Mt 2, 1–2. 9–10]. Que la Virgen sea su ejemplo, que ella sea el Oráculo, que ella sea la Regla. Y no intenten hacer nada más que eso, imitando a la Virgen, complacerán perfectamente a su Amado de Almas. Que esta sea su prudencia, consejo, vocación, religiosidad y propósito, para que siempre sirvan a Dios con sinceridad. Sin embargo, dado que la manera de seguir a la Virgen y agradar a Dios, que se establece en su Regla, está tomada íntegramente del Evangelio, es imperativo que conozcan según el Evangelio lo que pensaba, decía y como actuaba la Virgen. De estas tres maneras, se muestra en el Evangelio como Ella puede resplandecer en ustedes y ser imitada, y si así ustedes resplandecen, tendrán la vida eterna. Sepan, por lo tanto, que, aunque la Virgen María estaba llena de todas las gracias y virtudes, el Espíritu Santo quiso e hizo que apenas diez fueran mencionadas por los evangelistas. Ustedes también deben poseer estas diez virtudes que, según el testimonio del Evangelio poseía la Virgen. Así todo lo que leemos, gracias a ellas, la Virgen pensaba, decía y actuaba, ustedes deben pensar, hablar y actuar. Según cada una de estas virtudes, deben imitar a la Virgen de las tres maneras con el corazón, la boca y la acción, en las que íntegramente se basa y consiste toda la perfección y el verdadero cumplimiento de su Regla.
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